El cementerio alegre de Sapantza

Foto de Marta Fernández del cementerio alegre de Sapantza

Foto de Marta Fernández

Hablar de la muerte y de todo lo que la rodea no es fácil, sobre todo en la cultura occidental. En pocas palabras, es un tema tabú. Tampoco es sencillo visitar un cementerio, un lugar al que la gente va para despedirse de sus seres queridos o visitar a sus difuntos.

Sin embargo, hay lugares en los que el humor es la mejor forma de combatir la tristeza. Un ejemplo es el cementerio alegre de la aldea de Sapantza, en Rumania, situado a tan solo 8 kilómetros de la frontera con Ucrania. Sus tumbas de colores y los epitafios de las mismas, que describen con rimas y humor negro la vida y muerte de las personas allí enterradas, han convertido el camposanto en toda una atracción turística.

En Sapantza la muerte no se ve con pesimismo (al menos no como la ve la mayoría de europeos) y se cree que una vez terminada la vida terrenal, se pasa a una vida mejor. Así, en el cementerio alegre podemos ver lápidas que nos recuerdan más a una viñeta satírica que a una tumba al uso, en las que leemos los problemas cotidianos y la causa de la muerte del fallecido.

Foto de Marta Fernández

El origen del cementerio está vinculado a Stan Ioan Patras, un artista que empezó en 1935 a esculpir las lápidas con su peculiar estilo, hasta que murió en 1977, año en el que su sucesor, Pop Dumitru, continuó con su trabajo.

Entre los epitafios (que están en rumano, por lo que es recomendable tener un traductor a mano o ir con guía) hay algunos tan curiosos como éste, dedicado a Ion Griguta, más conocido como ‘el fumador’: “Aquí es donde reposo. Ion Griguta es mi apodo. Cuando estaba en la tierra de la pipa yo fumaba y evitaba el trabajo. Cuando empecé a cuidarme, la mala salud me encontró. No tuve la suerte de hacerme viejo y dejé la vida con 57 años en 1942”.

Especialmente llamativa es la lápida de una niña de tres años que murió atropellada y que deja al visitante asombrado (no decimos nada más para que vayáis a ver el cementerio en persona).

La entrada al recinto cuesta unos diez lei, poco más de dos euros al cambio, y se pueden hacer fotos sin problemas.

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