Cinco ‘escatológicos’ momentos a los que te vas a tener que enfrentar

1- Memorias de un baño público/ajeno: Llevabas mucho tiempo evitándolo, en concreto desde que eras un bebé, pero no puedes más. Estás en un bar, en un festival, en una discoteca y te entra el apretón. Pones papel alrededor del váter de tal forma que el inodoro acaba pareciendo tu prima la del pueblo disfrazada de la momia de Nefertiti y lo sueltas todo. Un mal trago por el que todo el mundo pasa al menos una vez en la vida y que puede ser aún peor de lo que soñabas porque (¡Oh, Dios mio!) no hay puerta en el baño, el wc no tiene tapa, huele a demonios o (lo que es peor) no hay papel higiénico y solo llevas un cleenex para limpiarte. Hay una versión alternativa de todo esto y es que tengas que vomitar de rodillas en un suelo sucio en el que se han meado antes…Todo suena ideal y más si el baño ‘elegido’ para realizar tu obra es un temido Poly Klyn. Inolvidable.

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2- Nadando entre sustancias: 1 de agosto, ¡vacaciones! Llevabas semanas soñando con este día. Preparas las maletas, coges el coche, llegas a tu destino y piensas que lo mejor que puedes hacer es darte un relajante baño en la piscina de la urbanización (eeeeeeerrooooor). Te metes, nadas tranquilamente y de repente, cuando estás sonriendo de pura felicidad, tu ‘zona de confort’ empieza a estar caliente…Tu sabes que alguien cercano se ha meado y su líquido amarillo está destruyendo tu bañador nuevo de H&M (15 ‘pavos’) y tus ganas de vivir. Esa noche te duchas bien y pones a lavar tu bañador con agua hirviendo y vinagre de Módena, pero ya nada será lo mismo. Piensa que podría ser peor porque podrías haberte encontrado una hez flotante no identificada o haber tragado agua sin querer…

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3- Un camino de rosas: Es el primer día de facultad, un día importante en el trabajo, has quedado con el chico o la chica que te gusta...”It’s the final couuuuntdown”, escuchas mientras te crees que eres el tipo rubio y de larga melena que canta la canción. Pasa el camión de Donuts, miras a la izquierda pensando que hoy es tu día, que la vida te sonríe, pero entonces notas como tu zapatilla derecha pisa algo blando. “Que sea una macedonia de frutas de El Corte Inglés que se le acaba de caer a alguien con mucho dinero”, piensas. Entonces miras y es esa mierda que tanto temías y no, no tiene la simpática cara del icono de WhatsApp. Es una mierda mala, te ha destrozado parte de tus flamantes Superstar y toca ponerse el mono de trabajo para arreglar el entuerto. Restriegas tu pie contra la arena, contra el bordillo, contra todo…Parece que se ha arreglado, pero ¿y si huele? Te sientas en un banco, llevas el pie hacia tu nariz y (sorpresaaaa), ¡la mierda huele a mierda! Y sabes de sobra que la gente lo va a notar, porque una vez que una caca entra en tu vida es muy difícil que salga (aplicable a toda la vida en general). “Oye, ¿huele a mierda no?”. Sé el primero en preguntarlo delante de quien sea para que no sospechen de ti.

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4- Expediente X: “Cielo, el fregadero no traga bien el agua”. Una frase a la hora de la siesta que hace que en tu cabeza suene la melodía de Expediente X. No sabes a que te vas a enfrentar ni sabes lo que encontrarás más allá de la puerta de la cocina, pero te armas de valor y coges el desatascador. “Bluumglummm”. Sale agua negra, con algún pelo y un pequeño resto no identificado…”Parece que el problema estaba ahí”, dices como si hubieses estudiado en la Escuela de Fontaneros de Mario Bros. Pero no, sigue sin tragar bien el agua. “Aquí hemos venido a jugar”, te dices a ti mismo. Lo intentas una y otra vez y otra…y otra. Entonces sale algo entre verde y negro; una auténtica judía verde mutante de Connecticut rodeada de pelos que ha ido a parar allí no sabes cómo. Reprimes las arcadas, te pones un guante antiradiación nuclear y tiras esa cosa a la papelera tras envolverla en todo el papel de cocina que te quedaba. Lección: antes de fregar, tira los restos del plato en el que acabas de comer a la basura.

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5- Hora punta en el metro:  “Un aire ligero que sale por un agujero…”. Sí, es el tren llegando por el túnel a la estación. Son las 7.35 de la mañana y te diriges a trabajar mientras miras en el móvil el Facebook, que te indica que es el cumple de un tipo al que conociste en un botellón en Benidorm hace siete años y con el que no has vuelto a hablar. “Lo tengo que borrar”, piensas, aunque sabes que vas a olvidar ese pensamiento en dos minutos. Subes al vagón entre empujones (está petado todo) porque la Linea 1 (más conocida como Linea Lucifer) hoy no funciona bien. Al menos estás escuchando tu canción preferida de esta semana en Spotify y eso te calma, pero entonces ves entre la ‘maleza’ a un dúo de músicos. Uno toca la flauta y otra el órgano. ‘Tocan’ por decir algo y te molestan. Entonces, cuando crees que nada puede ir peor, Thor, el fornido hombre de tu lado, levanta su brazo para coger la barra de seguridad y las puertas del averno se abren de par en par desprendiendo un fuerte aroma a cebolla. Solo te queda taparte la nariz, pensar que eso que hueles es pizza o bajarte e ir caminando al trabajo después de haberte comprado un billete sencillo (porque te has dejado el abono en casa) con los únicos dos euros que te quedaban en la cartera.

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